Centro de Espiritualidad y Pastoral Venezuela

Autor: César Salerno

El segundo domingo de Pascua (el domingo siguiente a la Resurrección) la Iglesia celebra el Domingo de la Divina Misericordia, instituida por San Juan Pablo II en el año 2000. Y es propicia esta celebración para reflexionar y orar sobre cómo la figura de Jesús misericordioso no es solo un concepto teológico, sino una experiencia viva que transformó a san Ignacio de Loyola y que está llamada a transformar nuestra propia realidad. La espiritualidad ignaciana nos enseña que la misericordia es la fuente de donde brota todo bien y el motor que impulsa nuestra acción en el mundo. 

La Misericordia como experiencia fundante:  La vida de Ignacio, desde su conversión hasta sus últimos días, es la crónica de un peregrino que se descubrió profundamente amado y perdonado. Ignacio vivía con la convicción interna de que todo lo que recibía procedía de la fuente de la misericordia divina, viendo incluso en los asuntos más pequeños manifestaciones de la bondad de Dios. Como bien señaló Pedro Ribadeneira: “Cuanto más consciente era Ignacio de sus propias carencias ante Dios, más experimentaba la abundancia de la gracia y los tesoros de su generosidad”. 

En nuestro contexto actual, asumir este «modo ignaciano” significa reconocer nuestras propias «llagas» y fragilidades no como obstáculos, sino como el lugar donde la fuerza sanadora de la misericordia actúa con más eficacia. Solo al experimentar esta fuerza en lo vivo de nuestra propia historia podemos perder el miedo a dejarnos conmover por el sufrimiento ajeno. 

El rostro de Jesús en los Ejercicios Espirituales: Los Ejercicios Espirituales son, en esencia, un camino de iniciación para descubrir el rostro misericordioso de Dios Padre a través de Jesucristo. En este itinerario, Jesús se revela como el Salvador que viene a liberarnos del desorden del pecado y del «mysterium iniquitatis» (Misterio de la iniquidad o Misterio del mal) para introducirnos en el «mysterium caritatis» (Misterio de la caridad). En nuestro contexto actual, asumir este «modo ignaciano” significa reconocer nuestras propias «llagas» y fragilidades no como obstáculos, sino como el lugar donde la fuerza sanadora de la misericordia actúa con más eficacia. Solo al experimentar esta fuerza en lo vivo de nuestra propia historia podemos perder el miedo a dejarnos conmover por el sufrimiento ajeno. 

Hacia una «mística de la acción» en nuestra realidad: La Espiritualidad Ignaciana no se queda en la introspección; es una «mística de la acción». Habiendo experimentado la abundancia de la misericordia, es imposible no mostrarla a los demás. Esta es la invitación para nosotros hoy: 

  1. Ver a Dios en todo y en todos: Debemos aprender a mirar a los demás como imágenes de la Santísima Trinidad, especialmente a los más pobres, pecadores, «sobrantes» y crucificados de nuestra sociedad actual que sufren injusticia y violencia. Al servir al ser humano, servimos directamente a Dios. 
  2. Irradiar desde la gratuidad: Así como del sol descienden los rayos, de nuestra experiencia de ser amados deben descender la justicia, la bondad y la misericordia hacia nuestro entorno. La misericordia se convierte así en la luz que ilumina nuestro camino y en la ley fundamental que habita en nuestro corazón al mirar al hermano. 

La Misericordia en la perspectiva ignaciana es la vía que une a Dios con el ser humano, abriendo el corazón a la esperanza a pesar de nuestros límites. Estamos llamados a tener la mirada fija en este misterio para convertirnos, como Ignacio, en signos eficaces del obrar del Padre en medio de nuestro mundo 

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